Las Horas

En muy pocas ocasiones me he quedado un rato ante la pantalla tras acabar los títulos de crédito, reflexionando sobre lo que acababa de ver. “Las Horas” ha conseguido que eso suceda. Sin ser una película redonda, atrapa al espectador en esa atmósfera de depresión y taciturnidad que envuelve las vidas de tres mujeres separadas entre sí por más de cuatro décadas pero unidas en el hastío de su propia existencia, con el único nexo aparente de una novela, “Mrs. Dalloway”.

Virginia Woolf, autora de la novela en cuestión a principios del siglo XX, Laura Brown, aspirante a perfecta esposa y ama de casa en la década de los 50 y Clarissa Vaughan, que hace gala de una falsa independencia en el Nueva York de 2001, son las protagonistas de esta intensísima jornada que comienza y termina en sus respectivas camas, donde se forjan o se desmadejan sus propios sueños. A lo largo de un sólo día se nos muestra la tormenta emocional por la que pasan cuando se dan cuenta de la rutina que les sostiene, y que en algún caso les mueve incluso al pensamiento de deshacerse del mundo por el efectivo método del suicidio. Virginia Woolf —Nicole Kidman, intensa como nunca— es trasladada al campo, apartada del bullicio de Londres tras varias tentativas de quitarse la vida, bajo la dominante presencia de su marido y en pleno proceso de elaboración de su obra maestra. Laura Brown —Julianne Moore, lo mejor del film— prepara una fiesta para el cumpleaños de su marido en su convencimiento de que debe hacer en todo momento lo posible para satisfacerle; algo que por otra parte es cosa hecha pues Dan —el gran John C. Reilly— es un hombre que se considera feliz de estar casado con ella. Clarissa, por su parte, dedica sus energías a cuidar su amigo el poeta Richard Brown —Ed Harris—, enfermo terminal de SIDA y en guerra declarada a la injusticia de su mundo. A lo largo de las horas, las tres irán descubriendo lo que realmente ya saben y temen reconocer, y que de un modo u otro influirá decisivamente en su concepción de la vida. En cierta medida, de manera secuencial, pues si Virginia es quien escribe “Mrs. Dalloway” a partir de esa inflexión, Laura, su consumada lectora, verá en el libro una forma de escapar a su prisión invisible y Clarissa —Meryl Streep, demasiado Streep para mi gusto—, asumiendo el rol protagonista (por motivos que se desvelan al final, desconocidos incluso para ella), y que descubrirá que no existe la salida ancha, sino solo la angosta y penosa.

Stephen Daldry, que ya demostró muy buen pulso en la estupenda “Billy Elliot” (2000), perfecciona aquí su técnica para ofrecernos este relato en tres actos entrelazados, en una escena donde la presencia masculina es casi puramente testimonial, aunque no cabe duda de que su influencia es decisiva en las tres mujeres que gobiernan la historia —las historias—, en unos casos como obstáculo y en otros como objetivo aparente. Descargando el peso del film sobre los hombros de tres magníficas actrices, consigue elaborar una trama compleja y densa en la que, sin embargo, es realmente fácil implicarse, compartiendo y a la vez sufriendo los esquemas mentales de las tres señoras Dalloway —o, para hablar con propiedad, tres caras de la misma dama— que se dibujan en la película. Con momentos de auténtico impacto y demostrando que, como decía Norma Desmond en “El Crepúsculo de los Dioses” (“Sunset Boulevard”, Billy Wilder, 1950), es posible decirlo todo con los ojos, nos podemos regalar con joyas como la escena en la que Virginia se recuesta lentamente sobre la mesa donde reposa un pájarillo moribundo, que ha sido recogido por su inquieta sobrina. O como la huida de Laura hacia ninguna parte, registrándose en un hotel para escapar de algo que en realidad es de sí misma. Momentos que hacen pensar que de verdad el cine sigue teniendo una fuerza narrativa incomparable.

Quizá donde falla es precisamente en la parte más moderna, demasiado pasada de vueltas tanto por el exceso de Ed Harris como por la pasadísima “Streepización” del papel de Meryl Streep, el único que este cronista no consigue creerse del todo. Por contraste, tanto Julianne Moore como Nicole Kidman (ésta, con la nariz convenientemente retocada para asemejarse más a la escritora a la que encarna, papel que además le valió el Oscar) bordan sus respectivas partes con una contención que debería ser la norma en el cine en lugar de la excepción. La película es, son ellas tres, conectadas, si no física, sí espiritualmente, con una cierta suerte de “magia negra” que hace que las historias se repitan de manera cíclica aunque con finales bien distintos. El encajarlas, además, en un espacio tan reducido de tiempo, a la manera del teatro de la antigüedad, era una apuesta arriesgada que Daldry resuelve con mucha habilidad, consiguiendo que terminemos la cinta acompañándolas a la cama y, casi, dándoles las buenas noches.

Como punto negro, la música de Philip Glass, en un alarde de “nymanismo” que hace que a veces sólo consiga oirse su piano en esa manía que tienen algunos compositores de creerse la parte principal del film, en lugar de ser un simple —aunque importante— apoyo a lo que se cuente. Y Glass, compositor peñazo como pocos, merece aquí que le den dos galletas para que se calle de vez en cuando y nos deje oir, y ver, lo que realmente nos interesa, que no es precisamente su presunción melódica.

Por lo demás, “Las Horas” es una película que hace pensar, que asombra a pesar de tener una historia por lo demás harto difícil de digerir, cual es el descubrimiento de la propia (in)sustancia. El hecho de que sean mujeres las protagonistas, siendo importante, no tiene por qué ser imprescindible para ello, y el que de un modo u otro tengan una cierta experiencia lésbica en un punto concreto de la trama —amagos para las dos primeras; en el caso de Clarissa, es algo que ya la define desde el principio— puede entenderse como consustancial a su carácter o como una simple pieza que se añade al resto para completar lo incompletable: la propia definición de la personalidad. No voy a ser tan fatuo de pretender ponerme en el lugar de las mujeres que vean esta película, pero sí quiero terminar diciendo que a mí, personalmente, me resultó impactante como pocas, demoledora y conmovedora a la vez y, sobre todo, consiguió cortarme el aliento varias veces, además de, como dije al principio, mantenerme con la mirada fija en la pantalla varios minutos después de haber terminado. Por algo será.

Comentarios
  1. k : 25.04.07

    Buena crítica. Aunque tengo una crítica a la crítica, y eso porque no me gusta repetirme. ¿Qué son esos tachones? ¿No le enseñaron de pequeño a pasar a limpio las cositas?

    A mí sí me gustó mucho Meryl Streep, me la creí muchísimo y de hecho, fue el personaje que más me llegó. Lo de Ed Harris (además, tengo anécdota, ahora la cuento) tampoco se lo perdono. Es el personaje, no el actor, lo que falla, me parece a mí.

    La anécdota es la siguiente. Cuando me preguntan (en esas charlas intrascendentes) qué tipo de hombre me gusta, sorprendo a las de Clooney y Pitt diciendo Ed Harris (es la pura verdad, no lo hago por provocar, nadie suele saber quién es). Así que fui al cine a ver Las Horas con mi amiga sabiendo que Ed Harris tenía un papel. La presentación del personaje, por si no lo recuerda, es fuera de campo: primero se oye su voz. Así que le digo a mi amiga: “mira, va a salir Ed Harris, ya verás qué atractivo y qué estupendo señor”. Y claro. Sale ese pingajo cuasihumano. Se estuvo riendo de mí tres meses…

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